El sol de la mañana apenas había aparecido en el horizonte ártico cuando Nolan salió de su cabaña. Era pescador de profesión, acostumbrado a los vientos cortantes y a los témpanos a la deriva. Sin embargo, cada amanecer le planteaba un nuevo reto contra la inmensidad cargada de nieve.
Todos los días seguía la misma rutina: revisar su equipo, llevar las raciones justas y enfrentarse a las ráfagas de viento. A pesar del malestar que le revolvía el estómago, seguía adelante. La soledad no era extraña aquí, pero había peligros que acechaban más allá de la gélida calma.