«Oh, Oliver», consiguió decir entre risitas, «¡te has equivocado!». Sus cejas se fruncieron entre la confusión y el alivio. ¿Qué quería decir? ¿Cómo podía haber malinterpretado la situación de forma tan dramática?
Antes de que pudiera preguntar, Anna, aún riendo, sacó el teléfono del bolso. Dio unos golpecitos y le enseñó una foto. El misterio se desveló en un instante.